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SIMPLEMENTE YOLANDA VARGAS DULCHÉ

Esta era una muchacha muy pobre, hija de padres separados, que no pudo estudiar ninguna carrera y por necesidad adoptó el oficio de escritora. Pronto se casó con un apuesto bailarín de vals y actor cinematográfico que se revelaría como hábil hombre de negocios: fundó una editorial dedicada a publicar las obras de la esposa, y con las utilidades que obtuvo fue adquiriendo sucesivamente una gran residencia en el Pedregal de San Ángel y un moderno edificio de 16 pisos en el que están alojadas las nuevas empresas derivadas de la primera, como son una productora cinematográfica, una constructora y la propietaria de uno de los principales hoteles de Cancún, otro de Ixtapa, otro de Puerto Vallarta y uno más de la zona Rosa. Sus obras se siguen editando por decenas de millones, y ya no sólo en México sino también en Indonesia, China, Japón, Filipinas, Italia, Colombia y Estados Unidos. Ahora que ya se acerca a los 60 sigue siendo una mujer guapa, rubia Clairol, ni gorda ni flaca, ni alta ni bajita, muy alegre y con 6 hijos sanos, bien parecidos e inteligentes, que la idolatran.

Hasta el más desaforado autor de telenovelas y fotonovelas titubearía antes de escribir una historia como la vivida en la realidad por Yolanda Vargas Dulché, la famosa argumentista de historietas dibujadas como Lágrimas y risas y Memín Pinguín. La autora sonríe al escuchar esta observación, y dice:

—Es que las historietas están inspiradas en la vida real, inclusive las que parecen improbables. Por ejemplo, Gabriel y Gabriela, una de las que más me han divertido. Se trata de una jovencita que se disfraza de hombre para poder incorporarse a la tripulación de un barco, y cuando necesita presentarse como mujer inventa una hermana gemela. Algunos literatos dicen que esto es absurdo. Sin embargo, cuando yo tenía entre 12 y 15 años llegó a suceder que me tomaran por un muchacho, ya que tenía la cara larga y muy machorra. Es que mi mamá se quedó con ilusión de tener un hombrecito y hacía que me cortara el pelo casi al rape, dizque para que me creciera mejor. Una vez que quise unirme a jugar con un grupo de niñas me dijeron tajantes: "No, hombres no aceptamos".

La situación: Yolanda Vargas Dulché nació en el Distrito Federal el 18 de julio de 1926. Sus padres fueron Armando Vargas de la Maza, un periodista poco afortunado, y Josefina Dulché, un ama de casa de ascendencia francesa. De su niñez sólo recuerda a una nana negra y muy gorda que la llevaba consigo cuando iba a visitar a su novio carbonero, y a otra flaca y regañona que la hacía acompañarla en sus diarias incursiones a la pulquería. Los padres, enajenados en su pleito de divorcio, ni cuenta se daban de lo que sucedía.

Tras la separación, el padre desatendió las necesidades económicas de la familia y Yolanda, su hermana mayor, Elba, y la madre emigraron a Los Ángeles, en busca de mejorar su situación. Pero la señora no sabía desempeñar ningún oficio, y fracasadas regresaron a la ciudad de México, para instalarse en una vecindad o una casa de huéspedes cada vez más pobre que la anterior, por las calles de Magnolia, Mina, Mosqueta, Moctezuma, Violeta y otras de la cochambrosa colonia Guerrero. La madre trabajaba de telefonista en la Secretaría de Gobernación. Las muchachas pasaban años enteros sin estrenar un vestido, y por uno u otro motivos, siempre de carácter económico, a menudo se pasaban de una escuela de gobierno a otra. Así conoció Yolanda Vargas Dulché a los tipos humanos que más tarde poblarían sus historietas: el chiquillo a quien la abuela le pegaba a diario por traer chueca la cachucha, la joven seducida y abandonada, el joven que a base de terribles esfuerzos lograba salir de la miseria.

Del radio al Pepín: Alegres y optimistas, las adolescentes Vargas Dulché tomaron una resolución: de un modo u otro su vida mejoraría. Tenían magnífica voz, se compraron unos abriguitos de pelo de conejo y formaron un dueto, Rubia y morena (la rubia auténtica era Elba), que tuvo bastante éxito en sus actuaciones "de relleno" en la XEW y que inclusive llegó a cantar con el acompañamiento de Agustín Lara. Pero nunca ganaron lo suficiente, y para ayudar a mantenerse Yolanda ingresó al Esto del coronel José García Valseca como reportera de espectáculos. Tenía entonces 18 años.

Desde chica había mostrado vocación literaria. A los 16 años le publicaron su primer cuento en El Universal. Mientras trabajaba en el Esto, para complementar su escuálido sueldo de reportera consiguió que le dejaran escribir argumentos de historietas para otra revista de García Valseca, el Pepín. Entre sus creaciones triunfó sobre todo un negrito apellidado Pinguín (por ser "un pingo", o sea un diablillo) y llamado Memín, en alusión a Guillermo de la Parra, el flamante novio de Yolanda.

De la Parra era un empleadito bancario que canalizaba a través del cine sus ansias de destacar. Como era alto y rubio, a menudo conseguía bits en las películas, sobre todo en las que aparecían cadetes austriacos bailando vals, género que el joven dominaba como un maestro. Poco después se casaron.

En aquella época el director de Novedades, Gonzalo Herrerías, tenía una revista de historietas, Chamaco, que competía furiosamente con el Pepín. Herrerías se llevó a Yolanda a su revista pagándole el triple de lo que le daba García Valseca, lo que de todos modos apenas ascendía a 70 pesos por semana. Furioso, García Valseca contraatacó ofreciendo a Yolanda la dirección de Pepín con el entonces fabuloso sueldo de 6,500 pesos mensuales (más que 6,500 dólares de la época actual).

Arriba y adelante: Por algunos años, los De la Parra disfrutaron enormemente su prosperidad. Pero un día, en uno de sus legendarios arranques, García Valseca puso como jefe de Yolanda a un individuo tiránico que ella no soportó, y el resultado fue la renuncia.

Hasta entonces la joven pareja no había hecho otra cosa que satisfacer sus atrasadas necesidades de diversión y gastarse casi todo lo que les ingresaba. Sus ahorros eran mínimos, pero el marido creyó que bastarían para formar toda una editorial que publicaría los argumentos de Yolanda. Por espacio de 3 años no conocieron sino fracasos, pero hacia 1960 ya tenían media docena de revistas que les producían un ingreso considerable. A instancias de Yolanda, Guillermo había empezado a escribir historietas y anotarse éxitos propios, el más sonado de los cuales fue Rarotonga.

Con lo que dejaban las historietas Guillermo empezó a producir películas y telenovelas que sin excepción resultaban grandes éxitos: Cinco rostros de mujer, María Isabel, Yesenia, Rubí, Ladronzuela, Gabriel y Gabriela, etc., etc., y les dejaban ganancias astronómicas. Con esto financiaron la compra de la cadena de hoteles Krystal y hasta crearon su propia empresa constructora.

Operación Asia: Como si fuese poco, hace un decenio un editor indonesio descubrió que las historietas de Yolanda Vargas Dulché tendrían gran éxito en su país y entró en sociedad con los De la Parra para editarlas. El éxito fue tan grande como en México y pronto fueron creadas sociedades parecidas en Filipinas, Japón, Italia, Colombia y Estados Unidos. En China comunista ha tenido éxito enorme tanto las películas como las historietas de Yolanda, y debido a que los chinos no tienen divisas para pagar regalía, hacen la astronómica liquidación en montañas de productos alimenticios, sedas, porcelanas y marfiles; para deshacerse de estos productos los De la Parra han abierto una gran cadena de tiendas de artículos chinos en Estados Unidos y Europa.

El matrimonio De la Parra ya está harto de pasear por el mundo como jeque petrolero y ahora permanece la mayor parte del tiempo recluido en su residencia del Pedregal, escribiendo todos los días como si fueran primerizos. (Guillermo ha optado por lanzarse a publicar novelas-novelas, y quienes lo conocen están seguros de que pronto acabará compitiendo al tú por tú con Harold Robbins.) Han tenido la suerte de que todos sus hijos les salieran magníficos administradores: Iddar regentea los hoteles, Tonatiuh la editorial, Manelick la Operación Asia, Cristal las relaciones públicas y sólo Emoé se dedica al teatro de manera independiente.

—Lo que más le agradezco, a la vida —decía Yolanda Vargas Dulché—, es que no me haya hecho una rica "de dedazo" o porque me sacara la lotería; me ha sido más satisfactorio saborear poco a poco y paso a paso el tránsito de la colonia Guerrero al Pedregal. Pero todavía no puedo creer que "ya la hice" y aún espero anotarme uno que otro triunfo en el futuro.

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